Escuela de Padres
 

¿A QUÉ HORA TIENEN QUE ESTAR EN CASA?

Los chavales, desde que son pequeños, se relacionan con otros niños y adultos, y deben vivir otros roles diferentes a los que tienen cuando están con padres. De esta manera no hay ningún problema en que vayan a casa de de sus amigos, o bien estos vengan a casa, de esta manera asentamos las bases de sus futuras relaciones, y el papel que nosotros, los padres, jugamos en estas relaciones.

Poco a poco irán adquiriendo más independencia. Irán probando las capacidades que van adquiriendo y tendrán sus propias experiencias.

Aproximadamente a los 10 años, los niños comienzan a manifestar su necesidad de independencia. A esta edad ya pueden tener llaves de casa. Quieren salir a la calle, a un parque, a una zona de juegos; si sabemos dónde están y con quien están podemos dejarlos salir (entre los 11 y 12 años) durante una hora y media o dos horas para que estén con sus amigos.

Al llegar a edades mayores, la adolescencia, empieza a seducirles la nocturnidad. Comienzan a quedarse hasta altas horas de la noche viendo la tele o hablando con los amigos por teléfono, chateando con los amigos, jugando con videojuegos, leyendo… Conquistar la hora de acostarse es un paso hacia la adolescencia. De igual modo, el momento de regresar a casa cuando salen es otro escalón en busca de su independencia. Querrán salir de manera más autónoma, a nuevos lugares de ocio.

Establecer los horarios para salir está condicionado por varios factores. No es lo mismo salir en el pueblo, donde todo el mundo se conoce, sabemos donde están los sitios a los que van, los ciudadanos son elementos de seguridad y ayudan a controlar a nuestros hijos; que salir en la ciudad, donde hay mas diversidad de espacios para encontrarse y conocer a gente y las distancias son mayores. Dependerá de cómo tienen que realizar el regreso a casa, si hay autobuses, si vienen acompañados…

A la hora de establecer un horario de salida, debe tenerse en cuenta la opinión del hijo, escuchar sus motivos, sus razones. Llegar a acuerdos. Será básica la relación de confianza entre ambos, de comunicación y diálogo.

Por ejemplo, sobre los 14 años, si el niño es responsable y los demuestra, los amigos con quienes van son conocidos, sabemos qué locales frecuenta y mantiene su teléfono móvil encendido para localizarlo en caso de necesidad, es posible dejarlo salir hasta las once de la noche. Según vaya cumpliendo años, podrá llegar más tarde a casa. Una buena medida sería sumar una hora a cada año que transcurra ( a los 16 se dejaría llegar a las 1 de la madrugada, los 17 años a las 2..) teniendo siempre en cuenta la actitud del hijo, a juicio de los padres y en función del entorno que le rodea.

Salir de noche es, para los jóvenes, una forma de vida, de identidad. Comienzan con los rituales para arreglarse. Normalmente cenan en casa, utilizan los mensajes de texto de móvil, sms, para quedar en el mismo lugar de siempre y salen de marcha.

Entre los 15 y 24 años los fines de semana, los jóvenes pasan gran parte de la noche, hasta la madrugada, tomando copas, hablando con amigos, bailando, conociendo gente nueva…

Como las cantidades monetarias que maneja no son muy elevadas, hay quienes “van de botellón” para encontrarse con sus amigos y no beben mucho y los que hay que aprovechan estas salidas para ingerir grandes cantidades de alcohol. Lo cierto es que los chicos no tienen muchos sitios de encuentro, y económicamente, tampoco les alcanza para salir tantas horas y días si los encuentros se producen en bares, discotecas, cines, teatros…. Esta situación es la que ha provocado el nacimiento de la cultura del botellón. En definitiva, son tiempos y actividades distintos a los del resto de la semana, en la que su vida se centra, prácticamente en estudiar. La tendencia a salir ha crecido en los últimos años, al igual que las horas para volver a casa.

Nuestros temores como padres.

El mayor miedo que tienen los padres sobre sus hijos cuando salen de noche es que les pase algo. Que no lleguen bien a casa. Combatir esos peligros no puede pasa por encerrarlos en una urna de cristal. Debemos buscar lugares de seguridad para ellos son asfixiarlos con nuestros propios temores. Evaluar nuestra necesidad de control, así como nuestro miedo a que “les pase algo” es desmedido, pues en ocasiones, puede estar encubriendo un problema de ansiedad y de necesidad de control que debemos resolver por nosotros mismos para ser capaces de dejar volar a nuestros hijos sin que eso signifique un trauma. Es evidente que esta postura no compite con la necesidad de garantizar la mayor seguridad posible para ellos, como exigirles que no vuelvan a casa solos, que cumplan los horarios estipulados, que no beban si van a conducir y que no suban en el coche si alguien va bebido o que conduce muy deprisa. Si los chicos entienden que estamos confiando en su responsabilidad, es muy difícil que quieran defraudarnos.

Otro de los grandes miedos que experimentan los padres cuando los chicos salen de noche es el consumo de drogas y las consecuencias que pueden tener respecto a los accidentes de tráfico y las dependencias. El trabajo frente a estos temores es una labor continua de confianza e información. El terror no es una buena medida para que se controlen, pues la mayoría de ellos ha probado alguna vez un porro, una raya de cocaína o una pastilla y no se ha quedado colgado o loco, por lo que nuestros anuncios catastróficos contrastan con su experiencia y la de sus amigos, quitándonos credibilidad.

Para conseguir resultados positivos, hay que estimular su capacidad de disentir y de plantear sus propias posiciones, respetar su criterio y hacerle saber que se le respeta, hablar con él de los temores y las experiencias sin apelar el miedo. Así será más fácil que el chaval escuche lo que se le dice y asuma sus responsabilidades.

Los padres también tememos por las relaciones sexuales y sus consecuencias: debemos preguntarnos qué es lo que realmente nos preocupa y cómo aceptar que su sexualidad no es algo que podamos controlar. Valores como la virginidad hasta el matrimonio o la fidelidad a toda prueba pueden haber sido elecciones nuestras, pero no podemos exigir que nuestros hijos la asuman. Los jóvenes tienen su propia sexualidad y es algo que les pertenece, sin que esto signifique que no podamos dialogar son ellos acerca de nuestras expectativas y temores, sólo que debemos hacerlo con confianza.

Nos preocupa que por su deseo de vivir intensamente todas las noches y divertirse al mayor ritmo posible, sufran un agotamiento psíquico y físico que ha influido en el consumo de sustancias para conseguir este estado de actividad. Acordar con ellos una frecuencia sensata de salidas puede dar resultado (un fin de semana de salir sólo los viernes, el siguiente los dos días, por ejemplo, pueden ayudarles a autorregularse, pues a veces, ellos se mueven por placer y necesitan a alguien que les ayude con los límites, en un inicio externos hasta que poco a poco adquieran la capacidad madurativa para asimilar e interiorizar esos límites como suyos.

Otro gran problema que se plantea en la etapa que los jóvenes comienzan a salir por las noches es que la convivencia familiar resulte afectada. Cuando los adolescentes salen por la noche y se acuestan de madrugada suelen pasar el resto del día siguiente durmiendo. Casi no ven a sus padres. Intenta aclararle que, aunque salga de marcha, comeréis juntos a una hora acordada. Esta cesión en las horas de comida para estar con él puede ser de acuerdo mutuo en el que el joven se sienta que es miembro importante de la familia.

¿Cuál puede ser la posición de los padres?

Si bien algunos padres entienden que no es correcto que los adolescentes estén hasta altas horas de la madrugada por la calle, otros se cuestionan la necesidad de correr riesgos. La respuesta es bastante simple en la mayoría de casos; les dejan salir por no discutir, porque es lo normal, lo que hacen todos, la forma que tienen los hijos pasarlo bien y relacionarse con sus iguales.

La mayoría entiende que es una etapa que hay que pasar y preguntan poco. Y algunos no duermen durante todo el fin de semana, pues están pendientes del reloj hasta que los chicos vuelven a casa.

En ocasiones, los padres hacen de auténticos taxistas nocturnos: los llevan y los traen de vuelta a casa, pero, muchas veces, les compensa este papel por encima de estar esperándolos despiertos.

Educar supone sumir riesgos, dar autonomía y corresponsabilizarse. Para ello, hemos de enseñar a nuestros hijos a reflexionar individualmente, para exponer sus propios criterios sin miedo a la valoración de los otros, para decir “no”cuando no comparten lo que proponen los amigos, para no perder las posiciones ante los retos, los desafíos. Que aprendan a visualizar, como paso previo, las consecuencias de sus actos.

 

Natalia Montufo Rojas (Psicóloga)
Gabinete Psicológico Alter
Tfno. 628 419 942

 
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